
Antes de llegar a cuestiones más
profundas sobre la naturaleza del Universo, el ser humano necesita adquirir
conocimientos imprescindibles para su evolución en la Tierra, esforzándose por
aprender las innumerables lecciones que aún no asimiló y que preceden mucho a
aquellas que envuelven las trascendentes concepciones del espíritu.
Referente al Espacio, lo que la
inteligencia humana ya puede comprender, viene siendo revelado por la ciencia
que reúne tales conocimientos.
El sistema solar, del cual hace parte
la Tierra, se compone de un reducido número de planetas girando en torno al
Sol.
El planeta Tierra, que sirve de escuela
de perfeccionamiento para millones de espíritus en evolución, es, como incontable
número de otros planetas, semejante a una partícula de polvo, en relación al
espacio infinito. El modesto sistema solar pertenece a una gran familia estelar
que se llama Galaxia.
Galaxia es una inmensa familia de
sistemas solares que se cuentan por millones. Nuestro planeta hace parte de una
galaxia denominada Vía Láctea, que tiene la forma aproximada de una lente
biconvexa.
Es importante no perder de vista que
existen galaxias incomparablemente mayores, como también hay soles en la
galaxia a que pertenece el pequeño planeta en que vivimos, mucho más grande que
nuestro Sol, a pesar de ser éste tan grande en relación a la Tierra, que llega
a contener más de un millón de veces su volumen.
Los planetas y sus satélites no tienen
luz propia. Ésta proviene de los rayos solares que en ellos resplandecen, como
sucede con la Luna, en su parte iluminada, cuyo brillo resulta de la luz solar
reflejada.
Las estrellas que brillan en el
firmamento son soles y, por lo tanto, centros de sistemas solares. Hay sistemas
solares más pequeños que el nuestro, como también existen otros mucho más
grandes. Algunos son bastante complejos, con varios soles, y éstos, de colores
diferentes, producen alteraciones de luz de diversas tonalidades, en
combinaciones que remplazan con el ocultar y nacer de cada sol.
La luz emitida por los cuerpos solares
no debe ser confundida con la luz astral, que es reflejo de la acción de La
Fuerza sobre la Materia en sus dimensiones más sutiles. La oscuridad de la
noche nada significa para el espíritu, pues éste observa a través de la luz
astral, que penetra todos los cuerpos, hasta el más ínfimo lugar en el espacio.
Día y noche tienen significado relacionado, únicamente, con la vida material.
Los movimientos de la Tierra en el
espacio son varios. Entre ellos se destacan: el de rotación, alrededor de su
propio eje; el de traslación, alrededor del Sol; otro que es realizado con todo
el sistema solar, en torno del eje de la galaxia; y el que resulta de la
traslación de la propia galaxia. Todos esos movimientos y velocidades están
perfectamente conjugados.
La unidad de medida usada para evaluar
las distancias astronómicas, es la distancia que recorre la luz en el espacio
de un año, tomándose por base su velocidad, que es cerca de trescientos mil
kilómetros por segundo. Con esa altísima velocidad, va de un polo al otro de la Tierra en una pequeña
fracción de segundo. Ya la distancia del Sol a la Tierra es atravesada en
ocho minutos, aproximadamente. Sin embargo, para atravesar la galaxia de nuestro
sistema solar, de un extremo al otro más alejado, lleva miles de años.
La distancia de una galaxia a otra más
próxima es de tal magnitud que ultrapasa la capacidad de apreciación de la
mayoría de las personas. A pesar de eso, una galaxia, con sus millones de
sistemas solares, no representa más que una insignificante isla en el océano,
en comparación al espacio infinito, o, menos aún, que un punto en el Universo.

Si todos viviesen compenetrados de esa
realidad, no habría lugar para vanidades y presunciones que apenas reflejan un
estado de desconocimiento espiritual por parte de los habitantes de la Tierra.
Para tener idea, aunque imprecisa, de
cuantos millones de espíritus están en evolución en cada galaxia, basta tomar
en cuenta los muchos sistemas solares, en que giran gran número de planetas.
Si en este mundo, que es de los
pequeños, evolucionan millones de espíritus, lógicamente en otros planetas,
proporcionalmente, ese número no puede ser menor.
La Inteligencia Universal tiene poder
ilimitado, y de ella emana el pensamiento en su expresión máxima. Nada existe
en el Universo sin razón de ser. Ninguna creación fue obra del acaso. La
concepción de mundos como el nuestro corresponde a las exigencias de la evolución.
La expresión “Creación” aquí empleado, indica transformación de la Materia por
la acción de la Fuerza.
Así, en cada existencia en cuerpo
humano, la partícula de la Fuerza Creadora, o sea el espíritu, promueve su
evolución en este planeta hasta determinado límite. De ahí por delante prosigue
en otro nivel, en que las condiciones síquicas y físicas obedecen a
sistematización diferente.
No hay exageración en afirmar que una
única partícula es tan importante como el propio Todo, porque éste no podría
existir sin ella, ni ella sin él.
La obra de la naturaleza no contiene
errores ni imperfecciones. Sus leyes son inmutables y los acontecimientos más
sorprendentes que puedan ocurrir no pasan de una secuencia lógica del
desarrollo de la propia vida, llena de acciones y reacciones, de causas y
efectos, siempre en búsqueda del equilibrio final.
Así como los satélites, los planetas,
los sistemas solares y las galaxias se mueven dentro de las leyes naturales,
también los espíritus deben accionar y evolucionar en con dichas leyes.

Para la Fuerza todas las grandezas
convergen, porque está en toda parte y en cualquier tiempo. Espacio y tiempo,
son dos relatividades inherentes a los medios físicos.
El espíritu, partícula de la Fuerza, a
medida que evoluciona va tornándose conocedor de las cosas del espacio. Si en
la Tierra, hay tanto para aprender, mucho más aún, en el Universo, donde el
espacio ofrece campo de estudio. El Universo, representa la evolución en
marcha. Las nociones de Espacio,
Universo y Evolución, consideradas desde el punto de vista de la
espiritualidad, se entrelazan unas a otras como eslabones de una misma cadena.
Investigar el espacio es estudiar el Universo y reconocer la evolución.
Para la Inteligencia Universal existe,
con respecto a espacio y tiempo, solamente una especie de presente eterno, idea
que aún no puede ser bien comprendida en este mundo de grandes limitaciones.
Las velocidades, por más altas que
sean, no pasan de expresiones relativas, igualmente subordinadas al medio
físico, pues, otros principios, otras
leyes, rigen en el campo espiritual.
El espíritu – como Fuerza que es –
puede hacerse presente, simultáneamente, tanto en un mundo como en otro,
disponiendo para ello del campo imantado de Fuerza afín, dentro de su radio de
acción.
Contemplando el Universo, en meditación
sobre las inconmensurables grandezas del infinito, para investigar el sentido
creador de vida y el poder ilimitado de la Inteligencia Universal, el ser
humano se ha de concientizar de la larga trayectoria que tendrá que realizar en
el camino de la evolución, si no estuviere demasiado dominado por las emociones
terrenas.
Los grandes espíritus que vinieron a
este mundo para auxiliar el progreso de la humanidad lo hicieron movidos por la
acción conciente del deber; jamás para atender la voluntad de quien quiere que
sea, y, mucho menos, de un supuesto ente protector.
En la esfera espiritual no hay padres
ni hijos. Lo que si existe, en verdad, es una gran comunión de espíritus en una
graduación evolutiva, en que todos, sin excepción, tienen origen común: la
Fuerza Creadora o Inteligencia Universal.
En los mundos dispersos por el espacio,
se encuentran, -usando números reducidos para facilitar la comprensión humana-,
miles y miles de espíritus en cada plano de evolución.
Aquí mismo en la Tierra han encarnado,
aunque raramente, espíritus de evolución superior al medio, para auxiliar a la
humanidad a progresar, siendo que otros innúmeros, del mismo grado de
evolución, desarrollan actividades espirituales en otras regiones del Universo.
Cuanto más adelantado el espíritu,
tanto mayor la voluntad que siente de auxiliar a evolucionar al semejante. De
ahí la razón de someterse, voluntariamente, al sacrificio de volver a mundos de
la especie de éste, cuando la vida, en los planos correspondientes a su
adelanto, aunque de trabajo constante, transcurre en un ambiente de
incomparable bienestar común a todos.
Negar a espíritus superiores el mérito
de haber conquistado la evolución espiritual a costa de grandes luchas, de
mucho trabajo, de sufrimientos en múltiplas existencias, considerar los altos
atributos que poseen al privilegio de supuesta descendencia ilustre o divina es
error que cometen, además de desconocimiento de la vida espiritual.
¿Quién demuestra mayor valor: el líder
que ascendió al puesto con esfuerzo y merecimiento propios, después de vencer
todas las etapas que lo llevaron a la plenitud de la experiencia y del saber, o
el que fue colocado en esa posición en base a jerarquía de antepasados?
Un número incontable de personas
clasifica los espíritus de elevada sabiduría en la segunda posición. Para esas,
el valor de admirables y evolucionados espíritus está más en sus orígenes de
que en los propios méritos, cuando, en verdad, deben exclusivamente a sí mismos
todo cuanto adquirieron y continúan a adquirir para aumentar, aún más, sus
valiosos atributos espirituales.
Los espíritus, en el transcurrir del
proceso evolutivo, se distribuyen en mundos de escolaridad y mundos de
preparación. Los primeros son de naturaleza semejante a la del planeta Tierra.
A ellos llegan espíritus de diferentes grados de adelanto, que encarnan para
promover entre sí el intercambio de
conocimientos intelectuales, morales y espirituales.
La Tierra es un mundo de escolaridad en
que los espíritus promueven su evolución en períodos que varían mucho de
espíritu para espíritu, pero que se elevan siempre a miles de años.
Los mundos de preparación son aquellos
de donde parten las partículas de la Fuerza Creadora para comenzar o dar
continuidad al proceso evolutivo. Es para allí que retornan los espíritus al
final de una encarnación.
De acuerdo con el grado de desarrollo,
los espíritus hacen su evolución partiendo de los siguientes mundos de
preparación.
· • Densos
· • Opacos
· • Intermedios
· • Diáfanos
· • Luz
purísima
Cada mundo de preparación se subdivide
en clases y cada clase abriga espíritus del mismo grado de adelanto. Mundos y
clases son aquí mencionados, tal la importancia del asunto, para facilitar la
comprensión del lector y darle un sistema de referencia, en las consideraciones
sobre el proceso de perfeccionamiento espiritual.
Los espíritus que hacen su evolución en
este planeta pertenecen a los mundos densos, opacos e intermedios. Después de
alcanzaren los mundos diáfanos, sólo eventualmente algún espíritu retorna a la Tierra a encarnar, no por
exigencia de su evolución, sino para auxiliar a la humanidad a levantarse
espiritualmente, en una bella y espontánea manifestación de abnegación y
desprendimiento. Miles de otros, de igual categoría, se dedican, principalmente
por intermedio de las casas racionalistas cristianas, a auxiliar, en forma
astral, el progreso de los habitantes de este planeta.
Cuando dejan la atmósfera fluídica de
la Tierra, los espíritus retornan a los respectivos mundos de preparación, de
donde ascienden, si hubo apreciable crecimiento espiritual, a las clases a que
se hacen merecedores.
Para la ascensión de una clase a la
siguiente no existen privilegios ni protecciones. El principio de justicia se
fundamenta en las leyes evolutivas. Todos tienen que enfrentar idénticas
dificultades y llegar al triunfo por el esfuerzo propio.
El mal aprovechamiento de una
existencia resulta, inapelablemente, en la necesidad de repetirla, teniendo el
espíritu que pasar por las mismas atribulaciones, hasta conseguir dominar los
vicios y las debilidades, y recuperar el tiempo perdido.
Conforme se encuentra explicado en el
Capítulo 9 de este libro, titulado “Desencarnación del espíritu”, cuando el
espíritu está en el mundo de preparación que le es propio, tiene conocimiento
de lo que pasa en los mundos de clases inferiores a la suya, pero ignora lo que
ocurre en las superiores. Constatando, sin embargo, las enormes ventajas de la
ascensión a clases de mayor evolución, queda bajo incontenible voluntad de
subir en la escala evolutiva, a fin de alcanzar nuevos conocimientos y
conquistar más amplios atributos espirituales.
El espíritu en el mundo correspondiente
a su clase, planifica una nueva encarnación en la que quiere aprovechar al
máximo; su mayor esperanza es no perder tiempo en la Tierra, no fracasar, no
tornar inútil su venida al planeta.
Los espíritus de las primeras clases
encarnan bajo orientación de otros mas evolucionados. Esos espíritus son como
niños que precisan de quien los acompañe a la escuela.
En los mundos de escolaridad como la
Tierra, las emociones hacen parte de la vida cotidiana. Esas emociones son
experimentadas, indistintamente, por todos los habitantes. Cuando el espíritu
se torna superior a las sensaciones de la pobreza y de la fortuna, que
complementan el cuadro de las referidas emociones, ahí, si, el sentido de la
vida espiritual comienza a despertar.
Todos precisan tomar conciencia de que,
en el concierto universal, participan de un proceso de perfeccionamiento, con
responsabilidades intransferibles y, por lo tanto, deben esforzarse para tener
en cuenta sus atribuciones. Existe un deber que a todos alcanza igualmente:
trabajar para evolucionar.
Miles de personas que viven en este
planeta se sienten aprensivas por falta de una brújula orientadora, que es el
esclarecimiento espiritual. Si no hubiese sido parcialmente desimantada la que
trajeron para la civilización espíritus altamente evolucionados, entre ellos
Jesús, con sus magníficas enseñanzas, otros miles de seres habrían, hace mucho,
concluido su evolución en la Tierra y estarían ejerciendo sus actividades en
otras regiones del espacio.
El
Racionalismo Cristiano, a través de sus enseñanzas espiritualistas, ofrece a la
humanidad una brújula orientadora para el conocimiento de la realidad sobre la
vida espiritual.
Espacio
Por Luiz de Mattos
Traducido al español por
Adelina González