
La mediumnidad es un modo de percibir cosas, hechos o
fenómenos, más allá de los que posibilitan los sentidos humanos. Ella se
manifiesta a través de múltiples maneras, en diferentes grados de percepción,
de acuerdo con la sensibilidad espiritual de cada uno, siendo, también, una
facultad innata en todos los seres humanos, sin excepción, que disponen, por lo
menos, de la mediumnidad intuitiva, la cual varía, de persona a persona, de
conformidad con el desarrollo que va obteniendo en las múltiples existencias.
La mediumnidad es muy útil cuando bien utilizada y muy
nociva cuando se coloca al servicio del mal. Los buenos o malos pensamientos se
atraen en razón directa de su afinidad, siendo la facultad mediúmnica el
instrumento de captación.
La atmósfera fluídica de la Tierra está repleta tanto de
espíritus como de pensamientos, resultando de eso las vibraciones de corrientes
distintas, unas favorables y otras desfavorables al progreso espiritual.
Toda persona de carácter bien formado que mantenga el
pensamiento dirigido para las realizaciones útiles y alimente el deseo sincero
de progresar espiritualmente, esforzándose por alcanzar ese alto objetivo, será
rodeada por las corrientes del bien, fortalecidas por la irradiación de las
Fuerzas Superiores. Con esa asistencia benéfica, el éxito resulta más fácil.
Cuando la persona se predispone a la práctica del mal, sus
vibraciones espirituales establecen polos de atracción de las corrientes afines
del astral inferior y pasan entonces, los obsesores, valiéndose de la mediumnidad
intuitiva de ese ser, a influenciarlo mentalmente, para llevarlo a cometer
desatinos.
El hecho, en sí, no tiene nada de extraordinario: las malas
intenciones manifestadas por los pensamientos encuentran, en la atmósfera
fluídica de la Tierra, corrientes organizadas que se asocian con tales
intenciones, por la paridad formada entre vibraciones de la misma naturaleza.
Quienes – ricos o pobres, humildes o poderosos – viven al
margen de los buenos preceptos morales; los que practican oculta o notoriamente,
acciones indignas; los que traen esculpida en el rostro la máscara de la bondad,
escondiendo en el alma las más feas villanías; los asesinos, los ladrones, los
embusteros, los valentones, los traidores, los desleales, los falsos, los
hipócritas, los mentirosos, los
agitadores, los pusilánimes, los vagos y todos los malhechores, son en su
mayoría, seres subyugados a obsesores que los tornan instrumentos dóciles a su
voluntad y los llevan a practicar las más abominables acciones.
Los espíritus obsesores encuentran todas las facilidades en
el ambiente de la vida física, debido a la mediumnidad de los seres y de la
corriente de apoyo que los malos pensamientos humanos les favorecen.
Cuanto más desarrollada estuviere la mediumnidad, mayores
son los peligros a que está expuesta la persona en su vivir cotidiano. Por eso,
es de mucha importancia, que cada uno se esfuerce por conocer el grado de
desarrollo de su facultad mediúmnica, para poder orientarse acertadamente en el
control de los pensamientos.
Muchos locos son médiums obsesionados que llegaron a ese
estado por no tener noción de su facultad mediúmnica. La locura es, generalmente,
producto del desconocimiento de la vida espiritual. Por esta razón, es
necesario que las personas estudien la mediumnidad en sus varios aspectos y
peculiaridades, para ser concientes de que precisan dar a sus vidas una
orientación sana.
A más de la mediumnidad intuitiva, común a todos los seres
humanos, existen otras, peculiares apenas a ciertas personas. Las modalidades
mediúmnicas que más se observan en este mundo son: la intuitiva, olfativa,
vidente, auditiva, sicográfica y la de incorporación, con los correspondientes
fenómenos de desdoblamiento, materialización, levitación y de transporte.
La facultad mediúmnica varía, en sus manifestaciones, de
persona a persona, de acuerdo con su temperamento, el sentimiento que anima y
grado de sensibilidad.
Debido al alcance de la mediumnidad intuitiva, que,
insistimos, es común a todos los espíritus que se encuentran en la Tierra en
evolución, en este libro el término “médium” es apenas aplicado a los que
poseen más de una modalidad mediúmnica.
Se denomina mediumnidad de incorporación aquella en que la
acción del espíritu actuante es fácilmente notada sobre el cuerpo físico del
médium. Si muchas de las facultades mediúmnicas pueden pasar desapercibidas, no
sucede lo mismo con la de incorporación, cuya observación a nadie escapa en el
momento de actuación.
Podrán darle otros nombres, atribuirle otras causas para
justificar lo ignorado, pero la verdad es una sola y, más temprano o más tarde,
el reconocimiento de la mediumnidad, como facultad espiritual, tendrá que
imponerse, por su evidencia, como todas las cosas palpables de la Tierra.
En esta obra, se da más atención a la mediumnidad de
incorporación, en virtud de poseer esa modalidad los médiums que prestan
servicios en las casas racionalistas cristianas.
El médium de incorporación no necesita de concentración para
recibir la influencia de los espíritus del astral inferior, pues su
sensibilidad está de tal forma predispuesta que le basta la acción del
pensamiento para ser brutal o blandamente actuado, conforme los sentimientos
que animaren al obsesor actuante.
En la mediumnidad de incorporación, el espíritu actúa sobre
el médium, transmitiendo vibraciones del plano sutil en el que se encuentra
para el plano físico. Hay un entrelazamiento de naturaleza fluídica que
propicia la comunicación entre los dos planos. En las casas racionalistas
cristianas esa tarea es conducida por las Fuerzas Superiores, que todo vigilan,
y el médium sabe que está siendo actuado y como no pierde el control de sí
mismo, se abstiene de proferir palabras inconvenientes, cuando transmite
pensamientos captados de espíritus del astral inferior.
En la mediumnidad intuitiva, esa unión fluídica, más
intensa, no se hace necesaria. Las intuiciones surgen como ideas, que la
persona, frecuentemente, confunde con sus propios pensamientos.
En todas las camadas sociales hay seres que poseen, sin
saberlo, además de la intuitiva, la mediumnidad de incorporación. Por mantenerse
en ese desconocimiento espiritual, unas acaban practicando el suicidio, otras
desaparecen en desastres, muchas llenan los hospitales, las penitenciarías, y
gran parte de ellas, con la facultad menos desarrollada, viven provocando
desórdenes, se pierden en el juego, se deprimen en las drogas y se arruinan en
la sensualidad desenfrenada.
Los espíritus que deambulan en el astral inferior perciben rápidamente
cuales son las personas que poseen la mediumnidad de incorporación, porque
notan la facilidad con que reciben sus vibraciones dañosas, lo que no ocurre
con los demás. Con eso, quien fuere dotado con esa facultad será, fatalmente,
víctima de tales espíritus, si no estuvieren esclarecidos sobre la vida
espiritual y preparada para repeler las influencias maléficas.
En el astral inferior, se encuentran los espíritus alcahuetes,
intrigantes, desleales, facciosos, amantes de discusiones, que encuentran en la
mediumnidad de incorporación - de las personas portadoras de esa modalidad
mediúmnica - campo abierto para satisfacer los deseos malignos que alimentan y
saciar sus malas pasiones, cuando la disciplina preconizada por el Racionalismo
Cristiano no es practicada.
Es bueno no perder de vista que los afines se atraen y que
cada uno se revela de acuerdo con su modo de pensar. Quien gusta de la
maledicencia, de embustes, de intrigas, produce pensamientos correspondientes y
atrae obsesores de igual gusto. Si el autor de tales pensamientos es médium de
incorporación, la situación se torna mucho más grave, por quedar sujeto a
recibir constantes cargas de los espíritus obsesores afines que lo incitan
contra sus desafectos y contra los enemigos de los propios obsesores.
La disciplina del pensamiento, es práctica indispensable a
todos, pero muy especialmente para los médiums. Éstos, aunque muchas veces bien
intencionados, pueden ser víctimas de celadas de espíritus del astral inferior
y cometer desatinos de graves consecuencias.
El médium necesita seleccionar a las personas con las que se
relaciona y evitar conversaciones inadecuadas. Las preocupaciones en demasía y
los trabajos excesivos no son recomendables. Debe cuidarse física y
espiritualmente, para mantener en buena forma la capacidad de reacción contra
el desánimo y el desaliento.
El trabajo, además de constituir fuerte estímulo para el
cuerpo físico, es la más provechosa de las distracciones para el espíritu, cuya
atención debe estar constantemente dirigida para cosas útiles y honestas.
No hay duda de que todos tienen necesidad de descanso,
reposo y recreación en las horas apropiadas. Nunca, sin embargo, deberá alguien
entregarse a la ociosidad, siempre perjudicial, y más aún tratándose de un
médium.
Para ingresar en los trabajos de la Doctrina Racionalista
Cristiana, los médiums deben tener una vida rigurosamente disciplinada, a fin
de mantenerse, material y espiritualmente, en plena condición de equilibrio y
de salud, para cumplir bien sus delicados deberes.
La discusión acalorada constituye fuerte imán de atracción de
los espíritus del astral inferior. De ahí nacen el desentendimiento, la
amargura y el resentimiento, que tanto contribuyen para destruir la armonía y
la afectividad.
Los médiums, por ser muy sensibles y vibrátiles, se dejan
fácilmente conmover con lo que los otros dicen o hacen y con lo que se ajuste o choque con las emociones de su
temperamento. De ahí la necesidad de esclarecimiento espiritual, para saber
defenderse de las fuerzas maléficas y que, tienen como punto de apoyo, a los
miles de médiums incautos desconocedores de su facultad, dispersos en el
planeta.
Las recomendaciones aquí mencionadas se dirigen a todos los
seres, especialmente la limpieza síquica en el hogar, práctica de higiene
mental que aleja a los espíritus del astral inferior y que éstos prefieren a
los médiums, para en ellos ejercer acción perniciosa y obsesionante.
El ejercicio diario de la limpieza síquica contribuye para
que las personas conserven la mente limpia y divisen con clareza los caminos a
tomar en la resolución de los problemas vitales. Además de eso, las prácticas
de esas normas disciplinarias favorecen la formación de una personalidad
serena, confiada y esclarecida, indispensable al ejercicio de la mediumnidad.
Quien desarrolla la mediumnidad fuera de la disciplina
aconsejada por el Racionalismo Cristiano corre todos los riesgos, inclusive el
de la locura. La garantía del médium está precisamente en saber resguardarse de
la acción de los espíritus del astral inferior, para no tornarse instrumento
inconciente al servicio de la perversidad y de la mistificación de esas fuerzas
del mal.
Ni todos los médiums pueden desarrollar su facultad bajo la
seguridad de la disciplina aconsejada por el Racionalismo Cristiano. En tal
caso, no deben desarrollarla, conservándola como está, apenas concientes del
grado de sensibilidad que le es adicional. Esa sensibilidad es muy útil en el
sentido de poder percibir cosas que pasan, sin que sean relatadas. Las
aspiraciones, las intenciones, las maquinaciones trabajadas por los
pensamientos quedan registradas en el espacio, y pueden ser percibidas por la
sensibilidad supervibrátil del médium.
A pesar que todos los médiums no puedan servirse de las
corrientes fluídicas organizadas por el Astral Superior para su desarrollo,
disponen, de esa magnífica modalidad sensitiva para trasmitir consejos previsibles,
evitando la práctica de actos perjudiciales.
Con todo, es condición primordial que el médium lleve vida sana, bajo la
inspiración de las enseñanzas racionalistas cristianas, para evitar que sea
intuido por el astral inferior y se sienta desmoralizado con la aceptación de
mistificaciones de los obsesores.
Así siendo, reafirmamos: para vivir con aprovechamiento, el ser
debe conocerse a sí mismo, partiendo del principio básico y fundamental de que
es un compuesto de Fuerza y Materia. La Fuerza es el espíritu. La Materia – cuerpo
humano - es apenas el vehículo, el instrumento, el medio del cual se sirve el
espíritu para promover su evolución en la Tierra.
La materia no tiene facultades. Esas, siendo innumerables,
pertenecen al espíritu, es conveniente señalar que solamente pequeña parte de
ellas es revelada en la vida terrena.
Por lo tanto, la facultad mediúmnica es de las más
importantes, por la influencia que ejerce en la existencia de cada uno.
Los fenómenos físicos, difiriendo en su clasificación de los
de naturaleza síquica, son ocasionados por el mismo poder creador y poseen, en
esencia, un mismo origen. Como el Universo se compone de Fuerza y Materia,
tanto en las manifestaciones físicas como en las síquicas, el agente es siempre
uno – la Fuerza Creadora – presentándose de múltiples maneras.
La exteriorización de la Fuerza, sea obedeciendo a las leyes
del plano físico, sea del síquico, no ultrapasa los límites de la fenomenología
normal encuadrada en las leyes naturales, y abastece de preciosos elementos, en
la órbita de la espiritualidad, para estudios trascendentales.
Los sentidos más comunes que se observan en el organismo
humano – como la visión, la audición, el tacto, el olfato y el gusto – no se
originan, como muchos erróneamente piensan, en el cuerpo físico, sino en el
espíritu, que los exterioriza por medio de órganos adecuados, que no funcionan
sin las vibraciones y el impulso que les son transmitidos, semejante al violín
cuyas cuerdas, para producir sonidos precisan ser tocadas por el violinista con
el arco.
Ni todas las facultades pueden ser manifestadas por el
espíritu, cuando encarnado. Una de esas facultades es la del sentido
telepático, común en el plano astral. En la situación actual del mundo ella
sería bastante peligrosa, ya que se constituiría en una válvula de retención de
las imperfecciones humanas, que precisan ser concientemente combatidas y no
guardadas en lo íntimo de cada ser.
En los mundos propios, los espíritus se entienden por los
pensamientos. En la Tierra, por mucho y mucho tiempo, el lenguaje articulado
perdurará como forma de las personas exteriorizar los pensamientos.
Los fenómenos síquicos se manifiestan de acuerdo con el
grado de evolución y las peculiaridades de cada espíritu. La mediumnidad, que
se expresa por variadas formas, trae al conocimiento humano inequívocas
demostraciones de esos fenómenos. Eso porque la sensibilidad de los médiums es
más refinada que la de los demás seres, lo que les permite entrar en contacto
con las vibraciones del plano síquico. Las vibraciones armónicas – que se unen
y ajustan – se asocian entre sí. El médium es el elemento que actúa de conexión
entre los dos planos – el físico y el astral- siendo esa la razón por la cual
los fenómenos síquicos se revelan por su intermedio.
Cuanto más sensible es la persona, mayores posibilidades
tiene de captar vibraciones. De esas vibraciones, que son diferentes unas de
otras, la atmósfera fluídica de la
Tierra está repleta, pudiendo cada vibración captada producir
una revelación o fenómeno correspondiente.
Las retinas de los ojos humanos pueden captar las
vibraciones de la luz solar, pero no la de luz astral, a no ser cuando
interviene el médium con su sensibilidad, a través del fenómeno, muy conocido,
de la videncia.
Independientemente de la modalidad mediúmnica que posean, en
determinadas condiciones síquicas, los médiums pueden desdoblarse, siendo ese fenómeno
de gran utilidad cuando practicado disciplinariamente.
Se entiende por desdoblamiento el alejamiento del espíritu y
de su cuerpo fluídico del cuerpo físico del médium, por algunos momentos,
quedando ligado a él por cordones fluídicos, conforme se explica en detalle en
el Capítulo 8 de este libro, titulado “Encarnación del espíritu”. Lo que ocurre
con todos durante el sueño, ocurre con el médium despierto, en trabajos de
desdoblamiento. La seguridad de los instrumentos mediúmnicos, en ese estado,
está en la acción de las Fuerzas Superiores que dirigen del plano astral los
desdoblamientos realizados en las casas racionalistas cristianas. El trabajo de
las Fuerzas Superiores constituye una de las más notables realizaciones en el
campo de la espiritualidad, por los resultados benéficos a favor de la
humanidad.
Dentro de los fenómenos de orden síquico, son las
materializaciones, las levitaciones y los transportes de objetos sin contacto físico,
los que más impresionan a las personas desconocedoras de los poderes
espirituales.
Algunos de esos fenómenos son producidos por espíritus zumbones
del astral inferior que, actuando invisiblemente, lanzan objetos y producen
ruidos, o por individuos a ellos aliados que hacen mal uso de la facultad
mediúmnica para obtener ventajas, generalmente pecuniarias.
No son raros también los médiums que así proceden, en
condenables prácticas, con la intención de alcanzar efectos sensacionalistas,
como hay otros que andan por ahí sumergidos en práctica espíritas que sólo
avasallan al alma, interesados en atraer a los incautos desconocedores de lo
que es el espiritualismo elevado.
Es sabido que la materia física tiene como partícula menor,
que conserva las propiedades químicas de un elemento, al átomo, de ínfima
dimensión, imperceptible a la visión normal del ser humano. Pero, como su
existencia es real, él está ahí componiendo y formando todos los cuerpos y
pasando, invisiblemente, de uno para otro, bajo la acción de una fuerza. Esa
fuerza que conduce un átomo de igual modo puede transportar innumerables de
ellos, sin que por ello se altere el equilibrio Universal. Las leyes que
imperan en esta acción son del plano astral, independientes de las que se
conocen en el mundo físico.
Todos pueden sentir en este planeta el resultado de los
fenómenos naturales que suceden de la acción de la Fuerza Creadora ,
actuando, combinada y equilibradamente, en el concierto armónico del Universo.
Al ser humano en general no es difícil constatar la fuerza
de gravedad y la fuerza magnética existentes en la Tierra, que juntas a otras,
menos perceptibles, mantienen el planeta en perfecto equilibrio.
Con intensidad regulada por la Inteligencia Universal para
mantener la estabilidad del Todo, esas fuerzas actúan directamente sobre los
demás cuerpos que, de forma coordenada, se movilizan incesantemente en el
espacio.
Quiere decir
eso que las fuerzas que actúan para producir fenómenos síquicos son originadas
por la acción de espíritus, por ser partículas de la Inteligencia Universal, de
la cual poseen poderes congéneres, sin embargo limitados al estado de evolución
ya alcanzado.
De acuerdo con el desarrollo, cuenta el espíritu con
suficiente fuerza para, por la acción del pensamiento, modificar o alterar
determinadas condiciones físicas. Los fenómenos síquicos – quede esto bien
claro – se realizan por la acción del pensamiento de espíritus encarnados o
desencarnados, accionando aislada o conjuntamente.
La levitación se sitúa en tal caso, pues solamente es
posible cuando la fuerza del pensamiento fuere suficientemente intensificada
para anular la fuerza de gravedad que actúa sobre un cuerpo. Cuando eso sucede,
el cuerpo es levitado, en cualquier punto del espacio en obediencia a la fuerza
que lo mantiene. Una segunda fuerza, también oriunda del poder del pensamiento,
puede ser aplicada para dar movimiento direccional al cuerpo.
De igual modo son operadas las materializaciones. En la
levitación y transporte operan fuerzas del pensamiento que se contraponen a la
gravedad e imprimen movimiento. En las materializaciones, además de esas dos,
existe otra que interfiere en la fuerza de cohesión existente entre los átomos,
anulándola en el acto de la desmaterialización y utilizándola, enseguida en la
materialización.
En todos estos fenómenos nada hay de sobrenatural. Lo que
ocurre, son sencillas manifestaciones de la Fuerza, en sus numerosas aplicaciones.
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Todo lo aquí mencionado, con relación a los poderes espirituales,
nada más representa que una pequeña parte de aquellos poderes que el espíritu
tendrá cuando alcance más alto grado de evolución y pase a desarrollarse en los
elevados dominios del Astral Superior.
El espíritu es Fuerza y Poder y crece en potencial a medida que evoluciona y
en proporción de esa evolución. Sus pensamientos se concretizan en ideales
tanto más elevados cuanto mayor fuere la concentración de esos poderes.
Mediumnidad y médiums – Fenómenos físicos y síquicos
Por Luiz de Mattos
Traducido al español por Adelina González